Efectos del tabaco en nuestro aspecto físico

El tabaco lesiona la piel de todo nuestro cuerpo. El signo más evidente es la deshidratación de la epidermis y la destrucción de las fibras elásticas de la dermis. ¿Resultado? La aparición de arrugas y envejecimiento prematuro de la piel. A esto, se suma la asfixia celular por la disminución de la circulación capilar en los fumadores, apareciendo el cutis grisáceo y apagado. Resulta más evidente en la cara puesto que es la zona más expuesta a los rayos del sol.

La congestión de los senos nasales y la rinitis crónica que produce el tabaco traen como consecuencia abultamiento de los párpados.

La mayoría de las personas fumadoras con más de 10 años de hábito se pueden identificar fácilmente con un examen facial. Algunos de estos signos de “cara del fumador” son: aspecto envejecido, rostro demacrado con prominencia de los huesos, (especialmente de los pómulos), piel opaca o grisácea, manchas cutáneas púrpuras, arrugas prematuras por alteración de las fibras elásticas, los labios y los ojos están rodeados de finas arrugas, líneas profundas y superficiales en las mejillas y las mandíbulas, cabello reseco, quebradizo y con falta de luminosidad,…

Las uñas también se ven afectadas, debilitadas. Se vuelven más frágiles y pierden brillantez.

Las arrugas de los fumadores son diferentes, más estrechadas, profundas y con contornos muy marcados.

El color de la piel de los fumadores no presenta el color rosado característico del cutis sano, presenta una palidez cercana al amarillo grisáceo, por lo cual es extraño que los fumadores tengan mejillas rosadas.

La relación del tabaco con las arrugas se manifiesta con claridad en hombres y mujeres a partir de los 35 años y son directamente proporcionales al grado de consumo. Entre los 40 y los 50 años hay una probabilidad de arrugas idéntica a la de los no fumadores de 20 o 30 años más.

Lo más importante de la acción del tabaco en la piel es la precocidad en la aparición de las arrugas y la sequedad, más manifiesta en la mujer, debido a las características de su piel, que suele ser más sensible que la de los hombres. La mujer que fuma no sólo perjudica su salud, sino también su piel y su cabello. Este proceso de envejecimiento prematuro se debe a la gran cantidad de radicales libres que genera el humo del tabaco, responsables de la oxidación de las células de la piel, disminuyendo los niveles de vitamina A, encargada de proteger la piel de estas moléculas, produciendo atrofia dérmica, disminución de fibroblastos, destrucción de fibras elásticas,… Quedan dañadas las membranas de las células, llegando a destruir y mutar su información genética, disminuyendo considerablemente la irrigación y nutrición por la sangre.

El tabaco se asocia también con un incremento de riesgo de aparición de psoriasis y reduce la respuesta a los tratamientos.

El humo del cigarro también afecta la cicatrización de las heridas.

El tabaco también puede provocar acné, cáncer cutáneo, cáncer de labio y alteraciones en la estética bucal, como aumento de la placa bacteriana, riesgo de gingivitis, irritación de mucosas y encías, tono amarillento de los dientes.

Existe también un factor genético puesto que hay casos de fumadores en los cuales no es tan visible este envejecimiento. El envejecimiento cutáneo se potencia al unir tabaco y exposición solar, agravando los melanomas.

No fumar no sólo ayuda a respirar mejor y vivir más años con mejor calidad de vida, también nos hace tener un aspecto mucho más joven.

 Montse Sanz (Directora de centro de estética) 

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